Andrés Cota Hiriart,  (Ciudad de México, 1982) es zoólogo, naturalista y escritor. Estudió Biología en la Universidad Nacional Autónoma de México y obtuvo un máster en Comunicación de la Ciencia en el Imperial College de Londres. Vivió unos años en Berlín, lugar donde comenzó a delinear su veta de escritor y divulgador de la ciencia.
Es articulista de varias revistas mexicanas y autor de la novela Cabeza ajena y de los libros de ensayo Faunologías, aproximaciones literarias al estudio de los animales inusuales, El ajolote. Biología del anfibio más sobresaliente del mundo y Fieras familiares, así como compilador de la antología La Sociedad de Científicos Anónimos.
Dirigió la Unidad de Conservación de la Vida Silvestre “Vida Fría Reproductores”, dedicada a la reproducción de reptiles en cautiverio; actualmente coordina la Sociedad de Científicos Anónimos y conduce el programa de radio y pódcast Masaje cerebral. Desde niño le fascinaron los insectos, reptiles y anfibios, y convirtió su casa en un zoológico.
Así, el propósito para Cota Hiriart ha sido, según comenta, "hacer libros no convencionales; esos que no tienen sitio. Mis libros no son tanto un texto de divulgación, se ligan más a lo que llaman ‘autoficción’, que los hace una suerte de autobiografía que sucede en un entorno biológico. Y esto es confuso, porque luego en las librerías no tienen donde colocarlo. Lo que me lleva a escribir es lo que despierta mi interés y deseo compartir".
Tras leer varios pasajes de Fieras familiares y de reseñar El ajolote mi primera pregunta se refiere a tu infancia. ¿De verdad te llenabas los bolsillos de azotadores y de otros bichos cuando eras niño?
Sí, fui un niño muy inquieto que traía siempre los bolsillos llenos; supongo que tuve una infancia como la de cualquiera, aunque, bueno, mis padres son fisiólogos y ambos investigadores; mi madre trabaja en la unam y mi padre en el Cinvestav. Estudié la primaria primero en un colegio Montessori de Coyoacán y luego en el Colegio Madrid, de donde me corrieron dos veces, pero ahí pude terminar el bachillerato. Soy hijo único y en la primaria la pasé mal. Nada grave; digamos que no era el más buleado del salón, aunque sí lo padecía. En la secundaria me volví más problemático, porque cobré venganza. El Madrid era tan grande, con cinco o seis salones por grado, que tenías que sobrevivir ante la muchedumbre, hacerte el fuerte y ponerte una coraza: “No hay mejor defensa que el ataque”, dicen los ajedrecistas, y eso practiqué durante un tiempo.
Disfruté las travesuras que describes tan vívidamente en tus textos. Se ve que la pasaste muy bien, sobre todo en Estados Unidos, durante los posgrados de tus padres. ¿Qué recuerdas de esa época?
Uf. Me parece acertado eso de que “infancia es destino”, pues definitivamente fue una temporada importante; estuve allá de los 3 a los 8 años de edad y tengo recuerdos imborrables. Estuvimos en Filadelfia, y recuerdo gratamente sobre todo los veranos, la vida campirana, la libertad, el drástico cambio de estaciones, cuando en primavera todo explota y tienes la oportunidad de disfrutar de los animales, los lagos llenos de ranas reproduciéndose, tortugas, muchas aves, un entorno muy fértil y atractivo. Además había (hay) varios institutos de investigación como los de Biología Marina y Oceanografía, que son punta de lanza y cuyos laboratorios en el verano se llenan de científicos y estudiantes de todo el mundo, con un montón de premios Nobel en un ambiente relajado. Creo que eso me marcó porque se hablaba de ciencia todo el tiempo, trabajaban en sus laboratorios y luego se iban a tomar cerveza sin solemnidad y sin separar la ciencia de la vida cotidiana, sin horarios tan rígidos. Para mí fue inspirador descubrir esa manera tan amable de acercarse a la ciencia y a los animales, porque no sólo podíamos interactuar con ellos al aire libre sino también verlos en los bioterios como parte de las actividades de la escuelita donde estudiábamos los hijos de los investigadores.
Tus padres son reconocidos académicos. Supongo que eso te marcó.
Sí, supongo que todo influyó, aunque estoy convencido de que todo es culpa de las madres [sonríe]; la mía es alérgica a las mascotas convencionales, no tuve hermanos ni hermanas y al mudarme muy chico a otro país, con otro idioma, me aislé un poco; pasaba muchas horas solo en mi mundo interior y se arraigaron más mis intereses. Quizás a los hijos de científicos se nos fomenta más desde chicos seguir los pasos de nuestros padres, pero eso depende de cada uno.
En Fieras familiares cuentas que tenías una boa constrictor en tu cuarto, ¿son tu fascinación?
Compartí mi habitación con una boa de 20 kilos y 3 metros de largo por más de 15 años; me atrapan muchos animales, pero las serpientes son el mejor ejemplo de seres que te gustan simplemente porque sí. Supongo que mi primer interés por las serpientes fue estético, y luego fui observando a otros animales venenosos, como algunos arácnidos, uno que otro anfibio… y eso de niño era para mí muy llamativo, igual que pensar en los reptiles como dinosaurios modernos, aunque luego aprendería que esas son las aves.
En tus textos de divulgación de la ciencia combinas ciencia y literatura. ¿Cómo lo logras?
Bueno, no ha sido fácil, pues al tener una intención científica y literaria mis textos no encajan en las colecciones editoriales ni en los concursos. Por ejemplo, en el Premio Ruy Pérez Tamayo de Divulgación de la Ciencia del Fondo de Cultura Económica Fieras familiares no entra porque no es puramente divulgativo ni tampoco es aceptado en convocatorias para premios literarios por tener su buena dosis de ciencia. En México he vivido el conflicto no sólo entre las llamadas dos culturas sino también con los periodistas científicos, porque escribo sobre todo ensayos, no textos de actualidad. Por eso al final este libro se publicó en España, donde tienen una visión un poco más abierta.
En Fieras familiares mezclas ciencia, literatura, imaginación y realismo. ¿Esa es tu aspiración como divulgador de la ciencia?
Sí. Llevo años intentando este cruce, y hasta ahora fue posible gracias a una beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte que me permitió sobrevivir en pandemia y hacer algo más ambicioso. Fue complicado, pues primero intenté obtener el apoyo para creadores jóvenes del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) siete veces; al tratarse de divulgación de la ciencia me sugerían dirigirme al Conahcyt, que tampoco es buena idea si quieres publicar un libro más literario. Me parece que ahora lo estoy logrando.
Eres un alma libre, poco institucional. ¿Qué pasa con la UNAM?
Incluso en la UNAM alguna vez quise hacer un doctorado práctico; no un tratado sobre la divulgación, sino divulgación en sí misma: unirme a algún instituto durante el doctorado y escribir textos científicos y otros materiales de divulgación. Las instituciones me sacan ronchas y cuando intenté entrar a la unam a un proyecto de biología les sorprendió que quisiera hacer divulgación de la ciencia dirigida al público externo a la universidad: por ejemplo un pódcast sobre parásitos con las colecciones del Instituto de Biología o una columna en el periódico El País sobre el montón de investigaciones de la unam. Me dijeron que si entraba a trabajar ahí debía dejar de escribir. Tengo amigos que han dejado la divulgación por el trabajo administrativo y eso a mí no me interesa.
¿Cómo seleccionas tus temas de divulgación, qué te preocupa?
Siempre me han interesado las cuestiones neurológicas, las patologías mentales, pero también la extinción masiva de las especies, la velocidad con la que están desapareciendo los insectos, que son la base de las redes tróficas terrestres y los principales polinizadores. Hay que divulgar eso, recordar que somos los últimos consumidores y debemos cuidar a todos los anteriores; si te vas a las escalas más chiquitas, los problemas son mayores, los hongos y las bacterias son los cimientos.
¿Documental a realizar?
Haría un registro para futuras generaciones sobre los cenotes y la fauna endémica que desaparecerán con el Tren Maya, pues también será el golpe de gracia para el sistema arrecifal centroamericano. A nivel global, dejaría de promover la naturaleza prístina inexistente que ensalzan programas como los de Obama, pues volteas la cámara y descubres un hotel altamente contaminante.
¿Qué recomiendas a los jóvenes divulgadores de la ciencia?
Que cursen talleres de escritura creativa, cultiven una vida emocional, exploten su sensibilidad, trabajen su red de contactos, comprendan los temas y practiquen sus habilidades comunicativas para cubrir los conceptos necesarios para divulgar. Importantísimo aprender inglés, pues al inglés se traduce todo. Salirse de su contexto, no sólo a otras ciudades o países. Tener en cuenta que la ciencia no es sólo de los científicos, que es un proceso dinámico de producción, interacción e hibridación de muchas de las actividades que nos rodean y en el que participamos todos.
Mientras termino de escribir estas líneas, durante el invierno pandémico de 2021, somos 7.9 mil millones de humanos los que sobrepoblamos el planeta, y el derretimiento de las capas polares sigue progresando, este año se han registrado récords históricos de temperatura en todos los continentes, el verano pasado las costas de Grecia y Estados Unidos ardieron por incendios cada temporada más grandes y acontecieron inundaciones sin precedentes en Alemania, Francia y China.
Ya hay cinco manchas de plástico en los océanos (islas gigantes, en verdad), siendo la más extensa la del giro del Pacífico Norte, ubicada entre México y Hawái y cuya superficie en 2018 se estimó en los 1.6 millones de kilómetros cuadrados (lo que equivale a tres veces la superficie de España). Y los indicios apuntan a que, al menos durante las siguientes décadas, estas islas de desperdicios solo seguirán aumentando.
Para 2050, por ejemplo, se espera que la producción mundial de plástico no solo no disminuya, sino que incremente hasta duplicarse (de acuerdo con estimaciones de UNEP, para mitades de siglo pasará de los quinientos a más de mil millones de toneladas anuales; sin mencionar que de la producción total global desde 1950, solo el diez por ciento ha sido reciclado).
Ya no queda duda de que nos encontramos en el proceso de una sexta extinción masiva: de acuerdo con la lista roja del IUCN en este momento cuarenta mil especies de seres vivos afrontan el riesgo de desaparecer del planeta, lo que representa el treinta por ciento de todas las especies valoradas, y los primeros cinco lugares en la lista de países con mayor número de especies en peligro son: Madagascar (3.664), Ecuador (2.568), México (2.078), Indonesia (1.988) y Malasia (1.928) (cuatro de los países visitados en este libro y la gran isla de los lémures y camaleones del sudeste africano que espero poder conocer antes de que se consuma por completo).
Parte del problema de este declive acelerado de biodiversidad es que se trata de un fenómeno un tanto ambiguo: un duelo cuya pérdida no cuenta con cierre definido y que, por lo tanto, nos cuesta trabajo procesar. ¿Qué significa exactamente decir «extinto en estado salvaje?», cuando en realidad no es que exista otra alternativa para que los organismos alcancen a llevar una vida plena? Una especie tiene sentido solo en correlación con el resto, está constituida tanto por sus individuos como por las interacciones que estos establecen con otros seres vivos y con el entorno. Sin eso, lo que queda son meros espectros.
Como el axolotl, que está por todos lados (laboratorios, acuarios, museos, criaderos, hogares particulares) menos donde debería estar. O como las vaquitas marinas, que, aunque representadas en la actualidad por dieciséis ejemplares, en términos prácticos (y ecológicos) es como si ya no existieran.
El ochenta por ciento de la energía primaria que se consume en el mundo en este momento proviene de combustibles fósiles. A pesar de ir a la baja, más de un tercio de la demanda eléctrica global sigue proviniendo del carbón, mientras que la extracción de gas y petróleo sigue al alza (ambas materias incrementaron su valor notablemente este año, el gas natural lo quintuplicó y el crudo subió un setenta por ciento con respecto al año pasado).
A la vez, en su informe de 2020, el Grupo Banco Mundial señala que la producción de minerales como el grafito, el litio y el cobalto podría experimentar un aumento de casi un quinientos por ciento de aquí a 2050, para satisfacer la creciente demanda de tecnologías de energía supuestamente limpia. La producción mundial de baterías para vehículos eléctricos e híbridos creció un 154 % entre enero y julio de 2021, en comparación con el mismo periodo del año anterior.
De igual manera sigue aumentando el volumen de producción de plásticos, herbicidas y defoliantes, así como de aceites vegetales y grasas animales para cocina (como referencia, un litro de aceite usado puede llegar a contaminar hasta 40.000 litros de agua potable) y cada vez resultan más abundantes en todo el planeta los residuos tóxicos (cadmio, mercurio, arsénico y plomo) ligados a los aparatos electrónicos y teléfonos desechados.
El pasado 9 de agosto el panel del calentamiento global de las Naciones Unidas (IPCC) emitió un código rojo de alerta para la humanidad declarando que debido a nuestras actividades se están observando cambios en todo el sistema climático de la Tierra, modificaciones ya irrefrenables (como el aumento del nivel del mar), sin precedentes en cientos de miles de años y cuyas consecuencias seguirán manifestándose durante décadas, si no siglos. Todo parece indicar que ahora sí estamos alcanzando el punto de no retorno.
Sin embargo, la reciente Conferencia de las Partes (cop21) —que tuvo lugar en Glasgow del 31 de octubre al 12 de noviembre, y en la que, como cada año desde 2015, representantes de 195 países se dieron cita para asumir compromisos en contra del cambio climático y en favor del medio ambiente y el desarrollo sostenible (todos los participantes arribando en avión, por supuesto)— dejó mucho que desear y una pila de promesas huecas. Puras simulaciones, como diría Jerónimo.
Puro greenwashing (o lavado de imagen verde, estrategia publicitaria desarrollada por algunas empresas, organizaciones o líderes políticos mediante la que se presentan como entidades respetuosas con el medioambiente con el fin de ocultar ciertas prácticas nocivas para la naturaleza que ellos mismos llevan a cabo).
Sin ir más lejos, apenas un par de días después de la participación del ultraderechista Jair Bolsonaro y su Ejecutivo en la cumbre, se reveló que la deforestación en la Amazonía brasileña aumentó un 21,9%, hasta alcanzar la tasa más alta de destrucción de bosques desde 2006 (tan solo entre agosto de 2020 y julio de 2021, la deforestación fue de 13.235 km², diecisiete veces el tamaño de Nueva York).
Durante la cop21 tampoco se tocaron distintos rubros socio-ecológicos apremiantes como el gran dilema del agua, la crisis progresiva de refugiados climáticos o la floreciente y ultracontaminante industria aeroespacial privada con fines turísticos, y se dejó intacto el llamado complejo militar-industrial (cada vez son más frecuentes las fusiones entre la industria militar con las corporaciones de combustibles fósiles), al igual que se dio carta blanca al conglomerado de las principales trasnacionales que mueven el mercado y que son grandes responsables del deterioro medioambiental.
En suma, a finales de 2021, estamos muy, pero muy lejos de siquiera empezar a redireccionar el timón que nos guía hacia ese naufragio ecológico que ya se anuncia sobre el horizonte.
Hace poco Damiana (mi hija, que ahora tiene cinco años) me preguntó quiénes eran más importantes: las personas o los animales en extinción.
Como no encontré una respuesta clara que darle, sin que me llevara a una disertación filosófica para la que ni ella ni yo estamos preparados en este momento, preferí cambiar la pregunta: ¿qué es más importante, conservar nuestro estilo de vida o quedarnos sin el grueso de los organismos que nos rodean? Supongo que cada quién tendrá que formular su propia respuesta.
Ciudad de México, a 11 de diciembre de 2021.