Agota Kristof,  (Neuchâtel, Hungría, 30 de octubre de 1935). En la literatura europea de mitad del siglo pasado hay numerosos autores que han escrito sobre las dictaduras y las muchas formas de opresión de los pueblos. Agota Kristof fue una de ellas, y nos dejó extraordinarios libros en los que podemos reflexionar sobre el peso de la violencia en la construcción de la identidad. Pasó su infancia y adolescencia en su ciudad natal y durante su juventud estuvo vinculada a la Revolución Húngara; no obstante, cuando se firmó el Pacto de Varsovia y la revolución fue machacada, Kristof tuvo que huir. Se exilió junto a su marido y su hija de cuatro meses, en Suiza. Vivió el resto de su vida en este país.
Su trayectoria literaria comenzó en el terreno de la poesía y el teatro. Y lo hizo desde el exilio: el tema principal en toda su obra. Agota asumió la lengua francesa para su obra y toda su escritura se desarrolló en ese idioma. El trabajo literario de Agota Kristof reúne experiencias personales con un aire de ficción.
Tanto la invasión nazi como la soviética en las décadas del cuarenta y del cincuenta, son dos elementos que marcaron la historia de su tierra y su literatura. Leerla es adentrarse en un universo que se rompe cuando el abuso de poder y el colonialismo avanzan. Si lo que buscamos es un documento más historicista tendremos que leer su tríptico Claus y Lucas, formado por las novelas El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira. No obstante, la obra de Kristof es amplia y variopinta, con obras tan interesantes como La analfabeta y No importa.
Agota Kristof es una autora de libros breves. Su obra completa no llena un estante en una biblioteca, pero se las ingenió para hablar de infancias, exilios, de guerra y de posguerra, del tiempo que pasa y del que queda, para postular la ficción como mentira, para teorizar la literatura. Es una autora de todas las cosas. Y todas las cosas caben en una novela, El gran cuaderno (1986), que la catapultó al cielo de los clásicos como parte de una trilogía, Claus y Lucas, que tiene su historia. Sin embargo, hay que creerle a una Kristof que deja de escribir, cuando dice: "No creo en la literatura".
En una novela breve, Ayer, Kristof pone en boca del narrador y protagonista, Sandor: "Uno no puede escribir su propia muerte. Fue el psiquiatra quien me dijo eso, y estuve de acuerdo con él porque, cuando uno está muerto, no puede escribir. Pero, en lo más profundo de mi ser, pienso que puedo escribir cualquier cosa, incluso si es imposible y aunque no sea verdad". Hablaba de ella, claro, porque de ese principio, de esa convicción, Kristof hizo una práctica.
Pero, desde la ficción, supo volver a esa infancia desgarrada que transcurrió durante la Segunda Guerra Mundial en un país de pasado imperial y filiación nazi, que fue ocupado por el ejército alemán sin oponer resistencia e invadido por las tropas soviéticas en 1945, destino compartido por otros países de Europa del Este. Kristof ha escrito y dicho que para ella, la posguerra fue peor que la guerra.
"El tiempo se desgarra. ¿Dónde reencontrar los territorios borrosos de la infancia? ¿Los soles elípticos coagulados en el espacio negro? ¿Dónde reencontrar el camino volcado en el vacío? Las estaciones han perdido su significado. ¿Mañana, ayer, qué quieren decir esas palabras? No existe sino el presente. Unas veces, nieva. Otras, llueve. Luego hay sol, viento. Todo eso es ahora. Eso no ha sido, no será. Eso es. Siempre. De una vez. Porque las cosas viven en mí y no en el tiempo. Y, en mí, todo es presente." (Ayer)
Claus y Lucas generan estrategias de supervivencia apelando al ingenio, se convierten en autodidactas de todas las cosas, trabajan de lo que sea, se autoimponen castigos y pruebas dolorosas para endurecerse, son malvados y generosos
La obra narrativa de Kristof, quien comenzó como poeta y fue autora teatral, consiste en un puñado de libros. Su trilogía imprescindible, Claus y Lucas, que llega con traducción del francés de Ana Herrera y Roser Berdagué, es un libro con historia, que comienza con una primera novela escrita en francés, El gran cuaderno, publicada por primera vez en 1986 por ediciones du Seuil, después de un largo peregrinaje por las otras grandes editoriales que la rechazaban, tres años antes de la caída del Muro de Berlín.
La novela cuenta la historia de dos hermanos gemelos pequeños que, en medio de una guerra sin nombre, la madre deja en la casa de una abuela despiadada y cruel. Para adaptarse a un medio hostil, Claus y Lucas generan estrategias de supervivencia apelando al ingenio, se convierten en autodidactas de todas las cosas, trabajan de lo que sea, se autoimponen castigos y pruebas dolorosas para endurecerse, son malvados y generosos, se hacen cargo de una abuela que los desprecia, son vulnerados y pierden la inocencia y escriben todo en un gran cuaderno que atesoran.
La escritura es seca, directa, antipoética, desadjetivada, exacta. Amoral. Neta. Perfecta. Minimal. Precisa. El libro tiene la particularidad de estar escrito en primera persona del plural. Y, como en el teatro, las cosas no se explican, se muestran: se trata de una puesta en escena. La escritura es seca, directa, antipoética, desadjetivada, exacta. Amoral. Neta. Perfecta. Minimal. Precisa. Como uno de los relojes suizos de aquella fábrica de los comienzos del exilio. La autora contó en una entrevista que para encontrar el tono de su libro se fijó en la tarea de su hijo en su cuaderno escolar. Las preguntas no dejan de dispararse como proyectiles a medida que leemos esta historia de infancia en guerra. ¿Lo que estamos leyendo es lo que los mellizos escriben? O: ¿Qué pone en escena El gran cuaderno?
Kristof dijo en una entrevista: "En El gran cuaderno era mi infancia lo que quería describir, lo que yo vi junto a mi hermano Jeno. Es puramente biográfico".
En su libro de ensayos Escribir sobre el trapecio (Ediciones Universidad Diego Portales), la escritora chilena Andrea Jeftanovic incluye El gran cuaderno como parte de un gran corpus literario que utiliza narradores niños como estrategia literaria, "una perspectiva y un espacio simbólico que no se agota en una situación de vulnerabilidad; o más bien manipula esa vulnerabilidad para transformarla en una herramienta literaria que permita construir discursos político-sociales y poéticas escriturales". O, dicho de otro modo, a través de los niños vulnerados habla la literatura. Jeftanovic hace referencia a "Las tretas del débil", de Josefina Ludmer. De eso se trata El gran cuaderno.
La prueba (1988), segunda novela de la trilogía, cuenta la vida después de la separación de los gemelos. El punto de vista es otro, ya no hay dos, hay uno (¿cuál?), y un narrador en tercera persona que lo cambia todo. Incluso, la historia, reversionada y que, como en un policial (género que Kristof consumía con devoción, aun cuando había "dejado de leer"), la pregunta que surge es: ¿cuál es la verdad? En un documento burocrático sobre el manuscrito que tiene el protagonista, se lee: "En lo que concierne al contenido del texto, solo puede tratarse de una ficción…"
La trilogía cierra con La tercera mentira (1991), no por casualidad año en que Rusia abandona Hungría. Un título que dice mucho, o abre la pregunta y casi que la responde: ¿cuáles son las otras dos? El narrador cambia, esta vez, a una primera persona del singular. Los años pasaron y Lucas trabaja en una librería. Ya es un hombre grande y está cansado. Los mismos personajes reaparecen, pero con roles y vínculos diferentes. La historia recomienza, entre mentiras y verdades. Y la pregunta que late: ¿Quién cuenta la historia, quién es el autor?
Reunir los tres libros en uno fue una decisión editorial muy posterior a la publicación de cada uno de ellos. Una decisión no menor, porque hoy se leen como una unidad textos que hasta entonces dialogaban entre ellos a la distancia, en medio de rupturas y continuidades. Una extraña saga donde el lector se zambulle en un verosímil engañoso pero eficaz. Así, se establece un pacto de lectura que consiste en recordar todo el tiempo que lo que se lee es ficción… pero podría ser verdad. La narración se enrosca como una serpiente traicionera, una boa que aprieta cada vez más, como en el dibujo de El Principito. Una serpiente que hipnotiza como la de El libro de la selva. Un mundo infantil servido en bandeja de plata en la mesa perversa, para goce de los adultos. Contra eso también construyen su impiadoso y férreo muro los gemelos. En palabras de Jeftanovic, los niños, "metáfora del cuerpo como plataforma de poder y del abuso".
Claus y Lucas fue traducida a 33 idiomas y le valió a Kristof premios como el Alberto Moravia en Italia, el Gottfried Keller, el Friedrich Schiller en Suiza y el premio austríaco de Literatura Europea. Y convirtió a su autora en favorita serial para el Nobel.